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Si viviera Laureano

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con este título se ha puesto en circulación, publi­cado por Editorial Kelly –la vieja imprenta de los bogo­tanos que cumple en estos días 50 años de fundada–, el libro con que el historiador Antonio Cacua Prada exalta la memoria de Laureano Gómez al conmemorarse el centenario de su nacimiento. Vamos a apelar a los valores del espíritu para ver si le damos un contenido nuevo a la vida pública de Colombia–dice Álvaro Gómez Hurtado en el prólogo de la obra–. Que consista, no ya en disputarse las posibilidades de mando, sino en recuperar valores. Restaurar valores que se nos han perdido.

El juicio de la Historia es más certero a medida que corre el tiempo y se enfrían las pasiones. El verdadero veredicto sobre los caudillos sólo se producirá cuando la época en que actuaron se haya purificado de arrebatos para penetrar, definitivamente, en el sereno análisis de la posteridad. Y hacia allá camina la figura histórica de Laureano Gómez. Incomprendido en su tiempo, surge hoy un líder distinto del abominado por los odios políticos en las duras contiendas de su generación.

Dichos tan comunes como el de que “a Colombia le falta un Laureano Gómez”, o que la actual corrupción pública reclama la vehemencia de este Júpiter tonante, dicen hasta qué punto el país vuelve los ojos al pasado para rescatar la estampa aguerrida de quien no podía convivir con el vicio y por el contrario defendía la moralidad sin mácula. Nunca para él existieron los términos medios y por eso sus luchas fueron ardorosas y totales. La legalidad y la justicia se convirtieron en su brújula permanente. Cometió excesos e intransigencias, como es humano en los hombres, pero hay que admitir que sin ese rigor no hubiera conquistado el título de catón de las costumbres colombianas.

Así lo definió, en su tiempo y para la inmortalidad, el maestro Guillermo Valencia en frase lapidaria:

Formidable este Laureano Gómez cual una racha hura­canada, firme, impasible, sonoro como un yunque propio para forjar los más finos montantes, las mejores cora­zas, las más audaces quillas: El Hombre Tempestad, a quien sólo se puede amar u odiar, que deslumbra y hie­re como el relámpago, y con el trueno de su voz hincha, colma y sacude las sordas oquedades del pecado y del abismo.

Decaído y desilusionado llegó al poder, en el peor momento de su carrera política. Era el viejo capitán ya sin el vigor de otros días, que asumía el reto en medio de un país lleno de confusiones y de adversarios tajantes, incluso de su propio partido, que iban a co­brarle la firmeza de su carácter.

Saltó al timón desde su lecho de enfermo, y con ese gesto estaba trasladando al futuro una constancia de ímpetu por la vigencia de los derechos humanos, en momentos en que trataba de implantarse un régimen de torturas. Este Hombre Tempestad, implacable para cas­tigar los abusos del poder y las desviaciones públicas, era El Monstruo, como también se le recuerda, que se erguía impetuoso ante los atropellos y las corruptelas y frenaba las maquinaciones contra la moral.

Ya ha penetrado en las páginas de la Historia como el fiero y gallardo caudillo que lo mismo destruía con su verbo demoledor que creaba con su vida ejemplarizan­te. Dueño de exquisita y vasta cultura, sus escritos son admirables y en ellos campean las ideas y la donosura del idioma. Profundo conocedor de los clásicos, en ho­ras silenciosas, tan diferentes a las de la refriega política, se consumía en la delectación del arte, la literatura, la historia y la filosofía, sus pasiones rectoras.

Temperamento tímido y discreto, que le huía a la publicidad, entendió siempre que la mejor recompensa del caudillo está en los límites caseros. De costumbres austeras y hondas raíces cristianas, no podía predicar para los demás sino lo que practicaba en su intimidad. Cerró su vida con el broche de oro de la concordia na­cional. Por encima de distanciamientos políticos con el otro líder de la causa común que unía a los colombianos, Alberto Lleras Camargo, firmó los pac­tos de Benidorm y Sitges, que dieron al traste con la dictadura y restablecieron el imperio de la democra­cia hasta la hora presente.

Uno de los colombianos que mejor conocen la persona­lidad y la obra de Laureano Gómez es Antonio Cacua Prada. El libro que ahora entrega a la reflexión del país es otro testimonio de su acendrada vocación de investi­gador serio, objetivo y creador.

Pedro E. Páez Cuervo, mi padre, escribió el 17 de junio de 1953 –día en que fue desterrado de Colombia el doctor Laureano Gómez al ser depuesto del poder por el general Rojas Pinilla– el siguiente soneto que define el vigor de un carácter:

EL ROBLE

Si “del árbol caído todo el mundo hace leña»…

hay un roble gigante que con temple de acero,

con el ceño fruncido, con mirada aguileña,

la embestida resiste de cualquier leñatero.

Esa indigna gavilla que en rajarlo se empeña,

volará como briznas bajo el verbo severo

de ese roble que tiene la purísima enseña

del azul que hoy profanan con afán patriotero.

¡Lo agigantan los golpes! Se perfila, inmortal,

defendiendo –impoluto– su glorioso ideal,

confundiendo a los hombres su valor espartano.

Ese roble no pueden convertirlo en astillas:

temblarán los hacheros, caerán de rodillas,

cuando ruja ese ROBLE que se llama Laureano.

El Siglo Siglorama–, Bogotá, 30-VII-1989.    

 

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El sino poético de Laura Victoria

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo de Itinerario del recuerdo)

A los 14 años escribe su primer poema. En el cielo de Soatá, el tranquilo pueblo que la vio nacer, encien­de un lucero. Y andando el tiempo, irrumpe en el hori­zonte de Colombia la predestinada de los dioses que iba a escribir una de las poesías más bellas del sentimien­to femenino. Su voz amorosa se escucha por todos los países de Latinoamérica, donde llena teatros y enardece multitudes. Laura Victoria, con su romántica inspiración sensual, había revolucionado la poesía colombiana.

Bien pronto su nombre asciende hacia la fama. Glo­ria tan temprana, que no es usual en el esquivo mundo de las letras, produce asombro. Entra, al lado de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sansores, en la constelación de las grandes líricas latinoamericanas. El maestro Guillermo Valencia es el primero en descubrir esta fulguración. Llegan luego las manifestaciones de destacados críticos del continente que se inclinan ante el milagro poético. En cálices impecables –dice Andrés Eloy Blanco– Laura Victoria nos ofrece un vino nuevo que, a pesar de serlo, tiene el gusto de las cosas eternas.

En 1933, con la salida de su primer libro, Llamas azules, se afianza su prestigio. Más tarde, en compe­tencia con Eduardo Carranza, es la triunfadora de los Juegos Florales de 1937. Al año siguiente es publicado en Méjico su segundo libro, Cráter sellado. En 1960, tras 22 años de silencio, Montaner y Simón, de España, edita su tercera obra, Cuando florece el llanto. Su cuarto libro, camino de la imprenta, recibe el título de Crepúsculo,  entrañable mensaje del recuer­do y la nostalgia, y en el que además reúne su poesía mística, trabajada en hondas horas de reflexión y silen­cio, lejos de las lisonjas mundanas.

Hoy cumple 48 años de vivir en Méjico. Sus libros no volvieron a circular en Colombia. Su nombre parece una estrella remota, aunque siempre rutilante. La poe­sía nunca muere. Se puede silenciar, pero alguien la hará brotar de las entrañas de la tierra y la colocará de nuevo en el cosmos, como la semilla inmortal de los dioses.

El sino poético de Laura Victoria, diáfano como aquel poema precoz de sus 14 años que deslumbra a sus compañe­ras de colegio, y perturbador en su vida conyugal, marcó su existencia. Cuando se nace poeta, nunca podrá renun­ciarse a ese destino. Ella mismo lo dice, refiriéndose a los poetas: Pasamos por la vida cual raudos huraca­nes / bebiendo en fino vaso sonrisas y lamentos…

En eso consiste la vocación del poeta. La poesía, un don extraño, se hace con desgarraduras del alma. La fa­ma del poeta es su propio sacrificio. Sólo los elegidos del Parnaso siguen el camino del dolor para coronar la cumbre de la gloria.

La vida de Laura Victoria, tanto la humana como la poética, es un himno al amor. Sin amor no habría poesía. El amor también es suplicio. Es olvido y dolor. Ella lo dice en sus memorias, lo sublima en sus versos. Buscó el amor, con fe, con vehemencia, para poder escribir su mensaje. Lo cantó y lo hizo perenne. Luego encontró el amor místico. Su parábola está cumplida. Ese ha sido su destino: amar hasta la eternidad.

Bogotá, diciembre de 1988.

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Carlos Calderón Reyes: político y humanista

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El paso del tiempo suele desvanecer la marca de los hombres ilustres. Hay quienes fueron en su época líderes de la política, la diplomacia o las humanidades y quedaron vinculados a la Histo­ria como promotores de episodios sobresalientes; quienes se distin­guieron por servicios especiales a la región nativa o al país en general; quienes se convirtieron en personajes claves de un pro­ceso nacional.

Tal el caso de Carlos Calderón Reyes, cuya figura­ción en la vida colombiana de finales del siglo pasado y comienzos del presente, cuando comenzaba a afianzarse el sentido de nuestra democracia, fue relevante. Conforme avanzan los años, más tiende a oscurecerse el recuerdo de esas actuaciones. Es preciso, entonces, que los historiadores se encarguen de refrescar la memoria de las nuevas generaciones con el análisis de esas vidas meritorias, de su significado histórico y de su implicación en los hechos sociales de la nación.

Ese objetivo respecto del personaje de que se ocupa esta no­ta lo cumple con buena fortuna la historiadora Miryam Báez Osorio en el libro que ha titulado Carlos Calderón Reyes, cau­dillo y constituyente de 1886, publicado en Tunja, con el patro­cinio de la Beneficencia de Boyacá y la Casa de Cultura de Soatá, en 1986. La ensayista, basada en fuentes serias de investiga­ción, acumula los perfiles más notables de la personalidad de Cal­derón Reyes y logra el retrato fiel de quien ejerció poderoso in­flujo en la administración de Boyacá y del país desde diferentes posiciones e inspirado en nítidos propósitos humanitarios.

Carlos Calderón Reyes nace en Soatá en 1854. Es hermano del presidente Clímaco Calderón Reyes (nacido en Santa Rosa de Viterbo) y sobrino de Aristides Calderón, presidente del Estado So­berano de Boyacá. Estudia Derecho, Ciencias Morales y Políticas en la Universidad Nacional, disciplinas que le permiten avanzar, como lo hizo a lo largo de su fecunda trayectoria humana, en el manejo político del Estado.

Desde joven ocupa importantes car­gos en la administración de Boyacá, y más tarde, a medida que se estructura su personalidad, será delegado de Boyacá ante el Consejo Nacional Constituyente, ministro del Tesoro en el gobier­no de Caro, ministro de Hacienda en el gobierno de Sanclemente, más tarde ministro de Relaciones Exteriores y diplomático. Toda una gama de experiencias que harían de él, aparte de avanza­do representante de su comarca boyacense, gran conocedor de los asuntos públicos del país.

Se dedica, además, al periodismo. Es una actividad que culti­va desde su mocedad. En el periódico La Nación se desempeña como vigoroso editorialista político. Su mente es clara y su estilo, polémico. Promueve candentes debates en torno a la Constitución del 86, en la cual, como senador de la República, toma cartas de­cisivas. Profundo admirador de Núñez, a su lado se hace mentor del ordenamiento jurídico que hoy nos rige.

Es hombre polifacético y desconcertante. A todo le saca tiem­po. Se vuelve experto en múltiples y complejas cuestiones del que­hacer nacional. Lo mismo se mueve en las leyes constitucionales, tal vez su mayor fuerte, que en la economía, la educación, la sa­lubridad o la agricultura. Su servicio a la comunidad preside toda su dinámica vital. Le preocupa la salud del pueblo.

Combate las enfermedades infecto-contagiosas, como la viruela, lo mismo que la invasión de langostas, que produjeron terribles estragos en las sementeras de Boyacá. Se compromete en decididas cruzadas por la recuperación de las tierras baldías. También es abanderado de la industria manufacturera y la explotación de minas en el mu­nicipio de Samacá.

Dueño de sólidas capacidades intelectuales, se revela como pro­sista de estilo claro y ágil. Aparte de numerosos artículos de pren­sa, que elabora con fluidez y espíritu de combate, deja varios li­bros publicados: El papel moneda, Núñez y la Regeneración, Verdaderas causas de los sucesos de Boyacá, La cuestión monetaria en Co­lombia, y no se conforma con sus actividades como hombre de Estado: es también catedrático de jurisprudencia en las Universi­dades del Rosario y Nacional. Su ingreso a las Academias de His­toria y de la Lengua resulta la refrendación de una carrera acen­drada en el ejercicio de las letras y la democracia.

Posee enorme sentido de la moralidad. Recuérdese que se había graduado en Ciencias Morales, cátedra que en aquellos tiempos significaba un imperativo de la formación. En sus escri­tos de prensa arremete contra los despilfarros públicos y los abu­sos del poder. Legisla sobre la propiedad intelectual, la pena de muerte, la inviolabilidad de la correspondencia, la creación de nuevos departamentos, los asuntos religiosos.

Es un temperamento en permanente combustión de ideas. Su tiempo se caracteriza por un agitado clima de malestar social y político. Le corresponde ac­tuar, en la separación de Panamá, como ministro de Hacienda y recibir, en consecuencia, encendidas polémicas. El país estaba convulsionado por hondos sucesos bélicos, y él se desempeña como pacificador. Su humanismo no le permite ser violento.

Las acciones de Carlos Calderón Reyes en la vida pública co­lombiana son de absoluta entrega a la causa del hombre. Es líder avanzado para su época. Pocas personas tan batalladoras, influyentes y productivas como él. Pasa por las mayores posiciones de la administración pública y en todas deja testimonio de su ca­rácter emprendedor. No se conforma con ser un político más, que lo fue en el mejor sentido de la acción y la moral, sino que deja huellas firmes como escritor, periodista, legislador y académico. Muere en Bogotá, realizado y cubierto de gloria, en septiembre de 1916.

Su propia patria chica, Soatá, ignora hoy la trascendencia de su obra. No conoce la dimensión de su vida luminosa. Falta en su pueblo un bronce consagratorio de su nombre. Falta que en escuelas y colegios se divulguen las virtudes del hombre público que consagró su existencia al bienestar de la comunidad, y del humanista que escribió para las futuras generaciones sabias y fér­tiles enseñanzas.

Repertorio Boyacense, Academia Boyacense de Historia, N° 322, Tunja, julio-diciembre de 1988.

 

 

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Al rescate de Tulio Bayer

miércoles, 17 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En carta fechada el 15 de diciembre de 1980, Tulio Bayer me habla de la visita que le hizo el periodista antioqueño Carlos Bueno Osorio. Desde entonces, quedé a la espera de conocer el reportaje, el ensayo o la biografía que se desprendería de aquel encuentro en París, que se prolongó por varios días.

En diciembre pasado, es decir, 28 años después, Carlos Bueno Osorio publica el grueso libro de 465 páginas que lleva por título Tulio Bayer, solo contra todos, editado en Medellín por el Instituto Tecnológico Metropolitano, obra que hace un repaso minucioso sobre la vida y la obra literaria del médico guerrillero. El periodista, según se desprende de una anotación al final del libro, venía en trato epistolar con Bayer desde años atrás de su cita parisiense, hecho que indica el largo trecho corrido hasta hacerse realidad el proyecto editorial.

El libro, según Bueno Osorio, aparece a los 25 años de la muerte del médico, que sitúa en 1983, cuando en realidad ocurrió en 1982 (el 27 de junio), a los 58 años de edad. Dos errores más en las palabras del exordio se encuentran  en las fechas erradas que se citan como años de publicación de estos libros de Bayer: Carta abierta a un analfabeto político fue editado en 1977, y no en 1968; Gancho ciego, en 1978, y no en 1964.

Tres meses antes del deceso, Tulio Bayer me hizo llegar un abultado paquete con recortes de prensa, cartas y otros documentos, sabedor como era de que me proponía profundizar en sus ideas y en su vida de combate, para elaborar un estudio sobre su extraña personalidad. Este material lo he repasado, una y otra vez, en busca de nuevos enfoques sobre los hechos que protagonizó a lo largo de su agitada –y por otra parte admirable– existencia.

Llevé a cabo dicho propósito en la novela Ráfagas de silencio, editada en junio del 2007, con ocasión –ahora sí– de los 25 años de su muerte. Soy gran conocedor de la vida y la obra de Tulio Bayer, en razón de la estrecha amistad que nos unió durante un año en Puerto Leguízamo (Putumayo) –él como médico del pueblo, luego de su expulsión de Manizales como secretario de Salud, y yo como ejecutivo bancario–, y por la compenetración sobre sus luchas y su pensamiento a través de la lectura repetida de sus libros, de la nutrida correspondencia que nos cruzamos y de numerosos enfoques sobre sus actos, de muy diversa índole, que guardo con celo en mis archivos.

Al tener en mis manos el libro de Bueno Osorio, que recibí por amable gesto del también periodista antioqueño Orlando Cadavid Correa, sentí como si el propio personaje, salido acaso de la ultratumba selvática, me visitara medio siglo después de nuestras andanzas por aquellas latitudes. Tal fue la emoción que me produjo este hecho sorprendente.

Y me dediqué de inmediato a leer la obra con gran atención. De entrada, me gustó la frase donde el autor define a Tulio Bayer como “doctor de selva y llano, fugaz y casi solitario guerrillero, exiliado en variopintas naciones, escritor de novelas, de diatribas políticas, y al final, solitario, impertinente y mordaz, como traductor de literatura científica para editoriales médicas…”

Conforme avanzaba en la lectura, se me fue revelando, en las palabras de  Bueno, el propio lenguaje de Tulio Bayer, que conozco muy bien por la razones anotadas. En efecto, lo que ejecuta la obra es un rastreo hábil por los libros del biografiado. El texto cuenta la vida del personaje con base en numerosas páginas entrecomilladas –sacadas tanto de las obras de Bayer, como de otros autores que hablan sobre él–, y en la mayoría de los pasajes restantes, discurre, en apariencia, la pluma de Bueno Osorio, cuando en realidad se trata de frases textuales de Bayer, y de otros escritores, a las que no se les concede la atribución gramatical, es decir, la cita entre comillas.

Para adecuar los tiempos verbales, se hace la correspondiente conversión, o se introducen ligeros cambios: por lo general Bayer habla en presente en sus obras autobiográficas, y el libro que comento, en pasado. Esto puede observarse en el siguiente ejemplo:

Dice Tulio Bayer en la página 26 de Carta abierta a un analfabeto político: “El ejército (en minúscula) de Colombia tiene hoy la misión de guardabosques. Es el ejército emancipador de ayer, que hoy sirve para desalojar a los colombianos sin pan y sin esperanza”.

Dice Carlos Bueno Osorio en la página 113 de su texto: “El Ejército (en mayúscula la letra inicial) de Colombia tenía entonces la misión de guardabosques. Es el Ejército de ayer que sirve para desalojar a los colombianos sin pan y sin esperanza”.

El libro del periodista antioqueño aglutina en un solo texto, valiéndose de los artificios señalados (lo cual constituye plagio literario), el recorrido humano e intelectual de este colombiano contestatario, idealista y mesiánico, que hizo de la rebeldía y la protesta un arma social. Tulio Bayer se equivocó de camino, pero siempre luchó contra la injusticia, el atropello y la sinrazón. Combatió a los poderosos en beneficio de los desprotegidos. Y nunca se doblegó, ni declinó en sus principios. Prefirió el hambre, la cárcel y el destierro a la sumisión.

Quien no haya leído los libros de Tulio Bayer, como yo lo he realizado varias veces con absoluta penetración mental, hallará en el texto recién editado la explicación de un destino batallador y justiciero. Bayer amaba a Colombia por encima de cualquier consideración, pero murió en el ostracismo. Este libro lo rescata del olvido.

En el párrafo final de la obra, Carlos Bueno Osorio hace la siguiente precisión, que registro con agrado: “A 25 años de su muerte, la figura de Bayer se perfila como la de un hombre íntegro que, como todos los hombres, intenta inútilmente hacer coincidir pensamientos y actos, equivocado con honestidad, me trae el recuerdo de un colombiano que amó desde la distancia a Colombia…”

Eje 21, Manizales, 12 de marzo de 2009.
El Espectador, Bogotá, 16 de marzo de 2009.

* * *

Comentarios:

Muy interesante tu artículo sobre Tulio Bayer. Me consta que lo conoces muy bien, pues por ti leí la obra Carta abierta a un analfabeto político y en muchas ocasiones he tenido el privilegio de escucharte narrar diversas anécdotas sobre él, así como leer las contenidas en tu obra Ráfagas de silencio. Deplorable que el libro del periodista antioqueño Carlos Bueno Osorio contenga los desaciertos que señalas. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Qué bueno que se hable de Tulio Bayer, tan desconocido aún en este país. Le cuento una anécdota de familia que no sé hasta qué punto esté distorsionada por el paso del tiempo: mi abuela paterna, Pastora Jaramillo, era hermana de la mamá de Tulio y vivía en Sonsón, a donde él alguna vez fue a pasar vacaciones de niño y encontró un ratoncito en el subterráneo de la casa. Decidió cogerlo, cortarle las orejas y la cola, e injertar la cola, partida en dos, en las heridas de las orejas. Decían que el injerto pegó. Cristina Toro Ramírez, Medellín.

Acabo de leer su artículo sobre el médico Tulio Bayer, que me pareció un buen resumen de sus contactos con él. Como comentario, ¿por qué dice usted de manera subjetiva que Bayer se equivocó de camino? Es muy importante respetar los criterios y pensamientos de cada cual, ¿no le parece? Álvaro Oliveros Egel.

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Mozart, genio irrepetible

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Salzburgo, refrescada por las aguas del río Salzach y que cuenta entre sus  tesoros históricos con una famosa catedral barroca, le cupo la suerte de ser la cuna de Wolfgan Amadeus Mozart. Desde el siglo VIII funcionaba en dicha ciudad un poderoso principado eclesiástico, cuya sede fue arrasada por Napoleón en 1803. Medio siglo antes, el 27 de enero de 1756, había nacido Mozart, hijo de Leopold Mozart, violinista que prestaba sus servicios en la corte arzobispal.

Advirtiendo Leopold que su hijo, de tan sólo cuatro años, mostraba una precocidad sorprendente en el arte musical, le dio las primeras clases y encontró en el alumno el campo abonado para el desarrollo de su vocación. A medida que corrían los días, la superación del pequeño era cada vez más asombrosa, como su padre nunca la había hallado en otra persona. Un fulgurante presentimiento le decía que su hijo sería un genio.

A los seis años, Mozart hace en Munich su primera presentación pública y luego actúa ante la emperatriz María Teresa. Su destreza para el pianoforte, el órgano y el clave se traslada a la composición, donde se inicia con un minueto. Más tarde ensaya un concierto para piano. Con esta suma de pericias, donde se nota la mano del padre, al niño prodigio se le abre el horizonte europeo. Años después, el mundo entero aclamará su nombre.

Nadie ha podido explicar el enigma que rodea esta maestría insólita para componer partituras de calidad desde los primeros años de vida. En contacto con los grandes maestros de la música, todos reconocieron su genio. Su fama, en corto tiempo, vuela por el orbe entero. Un día, nimbado de gloria, sale del apacible recinto de Salzburgo y se establece, para el resto de sus días, en Viena, capital mundial de la música. Esta ciudad es un imán para renombrados compositores, como Strauss (padre e hijo), Liszt, Brahms, Beethoven, Schubert, Schuman, Gluck, Haydn. Ahora llega Mozart.

La suerte económica es esquiva para el genio. En Viena pasa enormes penurias, de las que nunca logra recuperarse. En agosto de 1782 contrae matrimonio con Constanza Weber, mujer egoísta y exigente, con quien lleva una vida sin atractivos. Cambia con frecuencia de vivienda (se dice que Mozart residió en Viena en treinta casas), debido a los apremios económicos y a los conflictos que, derivados de su mal genio, formaba con sus vecinos. Trabajaba con mucha intensidad. Su salud era precaria, y a esto se agregaba la crisis religiosa que lo llevó a adherirse a la francmasonería.

En el campo del arte, sus logros eran cada vez superiores. La música sacra, la sinfonía, el cuarteto, el concierto, que conquistaban emocionados aplausos, impulsaron su nombre a las cúspides de la perfección. Abarcó todos los géneroscon portentosa originalidad, y su producción fue inmensa. Mientras tanto, sus enemigos, entre ellos el palaciego Salieri, realizaban secretas intrigas para debilitar el nombre de Mozart en Viena. Cuando estrena Las bodas de Fígaro, su obra más reconocida, las malquerencias tienen que rendirse ante la realidad del talento musical. Sus obras más famosas las compuso en la época de mayores dificultades.

Por aquellos días lo asalta la idea de la muerte, que se le vuelve obsesiva. Su salud va en franca decadencia y sus inquietudes religiosas lo atormentan cada día más. Sus ingresos son deplorables, en medio del encomio. Las deudas lo ahogan. No ha conocido la felicidad conyugal. A su padre le hace esta confesión desesperada: “Nunca me voy a la cama sin pensar que, aunque soy joven, puedo no llegar a ver la aurora”.

A partir de abril de 1791 se ve precisado a aceptar trabajos modestos para poder subsistir. Se siente más agotado y la pobreza amenaza devorarlo. Hace esfuerzos supremos para terminar La flauta mágica y siente próxima la llegada de la muerte. En julio de ese año, un extraño personaje le encarga la elaboración de una misa de difuntos, ocasión que le hace concebir a Mozart su propio Réquiem, que deja inconcluso.

Muere el 5 de diciembre de 1791 a causa de una inflamación cerebral. Apenas había cumplido 35 años. Al día siguiente es sepultado en el cementerio de San Marcos, en la fosa común, debido a que una tormenta de nieve impide la presencia de sus familiares y amigos. Su cadáver nunca fue rescatado, por no haberse podido localizar la tumba, aunque se ha especulado en sentido contrario: en la Fundación Mozart, ubicada en Salzburgo, se conserva desde 1902 un cráneo que se decía era el de Mozart. Pero un estudio de ADN desmintió esa versión.

Sólo después de muerto, Constanza llega a comprender que estaba casada con un genio. De esta efímera existencia nació, hace 250 años, una historia inmortal.

El Espectador, Bogotá, 24 de enero de 2007.