Archivo

Archivo del autor

Habla Jacqueline Kennedy

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En diciembre de 1961, el mismo año de la iniciación de su gobierno, estuvo en Bogotá John F. Kennedy acompañado de su esposa Jacqueline. Vino a inaugurar la urbanización del barrio Kennedy, así bautizado en honor del Presidente. Este sector, uno de los más poblados de Bogotá, se concibió con el fin prioritario de darles vivienda a las víctimas de la violencia.

La obra contó con recursos de la Alianza para el Progreso, plan de ayuda económica y social de Estados Unidos para América Latina creado por Kennedy. En dicho acto se tomó una foto que se haría famosa, donde aparece el presidente Alberto Lleras Camargo al lado de Jacqueline Kennedy, él con su habitual seriedad y porte sobrio, y ella con el semblante tierno que siempre la distinguió. Si se observa con atención la foto, podría inferirse que la primera dama de Estados Unidos se siente muy grata con la proximidad del mandatario colombiano.

Pasados 50 años de aquel suceso, viene a saberse, por confesión que hizo Jacqueline al historiador Arthur J. Schlesinger, que Lleras Camargo, a quien ella conoció en aquella oportunidad, fue uno de los estadistas que más admiró. Lo describe como “nórdico en su tristeza”. Concepto que adquiere alto significado teniendo en cuenta que la ilustre dama estuvo cerca de los mayores personajes del mundo. Y nadie la impactó tanto como Lleras Camargo. Esto no hace nada distinto que refrendar las eximias calidades de nuestro compatriota.

Se anuncia la salida del libro titulado Jacqueline Kennedy – conversaciones históricas sobre la vida con John F. Kennedy, obra en la que se recoge el diálogo que tuvo ella en 1964 con Schlesinger (fallecido en el 2007). Estas revelaciones se habían mantenido guardadas, y ahora se dan a la luz pública con autorización de Carolina, la hija de los Kennedy. El solo hecho de anticiparse la referencia que la viuda de Kennedy da sobre algunas figuras mundiales, ha causado revuelo y por supuesto impulsará la voluminosa venta del libro.

Veamos algunos de esos conceptos. Sobre el escritor André Malraux: “Es el hombre más fascinante con el que he hablado”. Sobre el presidente francés Charles de Gaulle: “Un hombre arrogante y ególatra”. Sobre Indira Gandhi: “Una mujer seca y prepotente”. Sobre Martin Luther King: “Un hipócrita moral”. Al saber que King, que estaba casado, era mujeriego impenitente, sintió fuerte repulsa hacia él.

Otro historiador con el que Jacqueline habló es William Manchester (fallecido en el 2004). Algunos temas de esta entrevista están consignados en La muerte de un presidente, pero otros, por prohibición del historiador, solo pueden divulgarse cien años después de la muerte de Kennedy. Estas confesiones están con las máximas medidas de seguridad para resguardar los secretos que contienen. Por lo pronto, se sabe que a pesar de las aventuras amorosas de su esposo, en la entrevista con Schlesinger no hay amargura ni resquemor. Por el contrario, hay elogios hacia el héroe de Dallas, así fuera en ocasiones un mal marido.

Cuando una mujer habla, hay que tenerle respeto. Hay mujeres calladas, dulces y discretas, como Jacqueline Kennedy, capaces, sin embargo, de decir grandes verdades. En este caso, las dice después de muerta, lo que es mucho más temible. Hay silencios en vida que se vuelven resonantes con la llegada a la tumba.

El mito de Jacqueline crece con los años. Los norteamericanos ya se olvidaron del deterioro que sufrió su imagen con motivo de su matrimonio con Aristóteles Onassis, una pesadilla que ha borrado el paso del tiempo, el mejor cicatrizante de las asperezas de la vida.

Para ellos dejó de existir Jacqueline Onassis, y hoy, 17 años después de muerta, vive de nuevo en el corazón de su gente como la deidad que no puede desvanecerse. Su nombre recobrado, Jacqueline Kennedy, está grabado en la gran reserva de agua del Central Park. Y sus restos están sepultados al lado de su primer esposo. Toda una leyenda.

El Espectador, Bogotá, 22-IX-2011.
Eje 21, Manizales, 23-IX-2011.
La Crónica del Quindío, 24-IX-2011.

* * *

Comentarios:

Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer, la visita del presidente Kennedy y nunca olvidaré las palabras de Jacqueline en español desde los balcones del Palacio de San Carlos. Es increíble cómo pasa el tiempo y solo nos queda el recuerdo de los buenos momentos. Luis Quijano, geólogo petrolero colombiano, Houston (Estados Unidos).

No tenía idea de que Luther King, según dice Jacqueline Kennedy, hubiera sido un mujeriego. Ese detalle va a causar ronchas. El inicio del barrio Kennedy, hecho para dar vivienda a los desplazados por la violencia, podría revivirlo el gobierno para dar techo a los desplazados por la violencia actual. Vuelvo a sentir que por mi país no pasa el tiempo. Que como decía José Satizábal, mi primer jefe de redacción, «en este país los hechos son los mismos, lo que cambian son los nombres y las fechas». Colombia Páez, periodista colombiana, Miami (Estados Unidos).

El hecho de que tuviera ese concepto de Alberto Lleras nos da pie para creer en su buen juicio para evaluar a las personas, por lo que deberemos leer el libro para enterarnos de muchas verdades que hasta ahora ignoramos. Pablo Mejía Arango, Manizales.

Mockus, hace 15 años

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En 1995, Mockus fue por primera vez Alcalde de Bogotá. Era la revelación del momento: había llegado al cargo por fuera de los partidos, con mínima inversión publicitaria y con alta votación en las urnas. La figura del alcalde cívico que representaba entusiasmó a los bogotanos.

E inició un buen gobierno. Dio señales de acierto, y sus métodos novedosos de educación cívica, junto con sus demostraciones de querer acabar con los viejos resabios y sistemas obsoletos, le hicieron ganar la simpatía general. La cultura ciudadana fue uno de sus mayores logros.

Fijó pautas severas para el manejo de las relaciones con el Concejo, a fin de apartarlas del clientelismo y propiciar el ejercicio independiente de los poderes ejecutivo y legislativo. Hubo en su gobierno  disminución en la tasa de los homicidios, se adelantaron jornadas de prevención de violencia familiar, se implantó la ley zanahoria y la gente aprendió a respetar las señales de tránsito y practicar normas de civismo.

Los recursos de la ciudad se manejaron con pulcritud. Incluso, algunos se incrementaron. Creó el pago voluntario del 110% del impuesto predial, que recibió buena respuesta de la ciudadanía. Todo esto era positivo, pero no se veían aparecer las obras que con urgencia pedían los habitantes: la seguridad, el orden en el tránsito, la pavimentación de calles, la eficiencia de los servicios públicos. Como las fórmulas de solución no se daban, vino el desencanto.

Mockus, maestro de la cultura ciudadana, resultó mal gerente de la ciudad. Los dineros recaudados, en lugar de invertirse en infraestructura y servicio social, se atesoraban en los bancos mientras las necesidades apremiaban. Y la gente protestaba. ¿Dónde está el Alcalde, que no se ve?, era el clamor general. No era suficiente que el tesoro público se manejara en urna de cristal. Había que fomentar el desarrollo urbano, y esto no se hizo.

Mockus manifestó que quienes fallaban eran sus colaboradores. Efectuó  algunos relevos burocráticos, y las cosas siguieron igual. Después de tanto ensayo pedagógico y tanto tiempo perdido, la opinión pública determinó que quien fallaba era la cabeza de la administración. Para decirlo en términos adecuados, se debilitaba la energía y fracasaba la invención. Los reclamos de la gente no se escuchaban en las altas esferas. Todos veían las fallas, menos el Alcalde.

Cuando él ha debido afinar los mecanismos y comprometer su mayor esfuerzo para sacar a Bogotá del atolladero, se le acaloró la cabeza con la idea de lanzarse como candidato presidencial en las elecciones de 1998. Por esta época, hace 15 años, cuando iba en la mitad del periodo y le faltaban tantas cosas por ejecutar, se dejó llevar por la ambición. Sin detenerse a pensar en la frustración que ocasionaría a sus electores, abandonó el cargo en abril de 1997. Y no triunfó en las elecciones presidenciales del 98.

Fue alcalde por segunda vez en el 2001. Sus seguidores le perdonaron la falta de lealtad y creyeron en su propósito de la enmienda. Así es la política. Mockus ofreció enderezar las cargas. Corrigió, en efecto, fallas protuberantes del primer periodo y realizó un gobierno superior al que había dejado trunco. En el 2010 volvió a lanzarse como candidato presidencial y estuvo a punto de ganar.

Ahora estamos en el 2011. En vista de que el Partido Verde, del que fue uno de sus fundadores, no lo escogió como candidato a la Alcaldía de Bogotá, abandonó esta causa y se adhirió a Alianza Social Indígena (hoy Alianza Social Independiente), que le otorgó la nominación que buscaba. Esta candidatura está en vilo por cuanto un ciudadano ha pedido la revocatoria de la inscripción, pues en el Consejo Nacional Electoral no aparece registrada públicamente la renuncia al Partido Verde. Esto configuraría doble militancia. El caso está por resolverse.

Cabe pensar que de nuevo incurre Mockus en el pecado de la ambición, al no respetar las reglas de juego del Partido Verde y no resignarse a perder. Hoy su anhelo es el de volver a ser Alcalde de Bogotá. Ese mismo pecado ocurrió hace 15 años, aquella vez halagado con el sueño de ser Presidente de la República.

El Espectador, Bogotá, 15-IX-2011.
Eje 21, Manizales, 16-IX-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-IX-2011.

* * *

Comentarios:

Absolutamente correcta la semblanza sobre Mockus, sin duda un gran hombre y matemático excelente, pero para manejar una ciudad y un país como Colombia se necesita un ejecutor y gerente y un sagaz político que sepa manejar todos los corruptos. No simplemente un romántico y un ingenuo que piense que está gobernando a Alicia en el país de las maravillas. Luis Quijano, Houston (Estados Unidos).

Hay dos percepciones de la salida de Mockus del Partido Verde. Una es la que usted expone. Sin embargo, yo me inclino más por la tesis de que él se salió cuando Álvaro Uribe públicamente apoyó a Peñalosa. O como dirían por ahí, cuando el Partido Verde le vendió el alma al diablo. Jfbotero (correo a El Espectador).

Sí creo en la honestidad de Mockus, pero eso no basta. Ahora resultó diciendo que iba a cobrar a los vehículos particulares por ingresar al centro de Bogota, solución estúpida, porque Bogotá por culpa de gobernantes sin visión como todos los alcaldes que ha tenido nuestra ciudad, ha visto crecer la población vertiginosamente, pero las vías principales son las mismas de hace más de 20 años, y las sabia solución de Mockus es cobrar impuestos para no hacer nada. Raúl Garzón (correo a El Espectador).

Categories: Bogotá Tags:

Carta de Hernando Giraldo

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Leí en Eje 21, de Manizales, la carta dirigida por Hernando Giraldo, el notable columnista de El Espectador en la época de los Cano, a Nicolás Restrepo, director de La Patria, de Manizales. Con este documento, Giraldo reaparece en la vida pública después de muchos años de silencio.

Es una carta de tono desolado en la que, aparte de referirse a sus años de estudio para la vida sacerdotal, y luego a su fugaz desempeño como juez de Bojacá, narra su larga carrera periodística en los diarios La Patria, La República y El Espectador. En total, cerca de medio siglo de actividad periodística. El mayor recorrido corresponde a El Espectador, durante más de 30 años.

A la edad de 13 años, como estudiante de la Escuela Apostólica de los padres lazaristas o vicentinos en Santa Rosa de Cabal, descubrió su vocación para el periodismo. A tan corta edad, ya tenía su periódico propio, El Misionero. A los 20, comenzó a escribir en La Patria. Trasladado a Bogotá, se vinculó a La República, cuyo director era su paisano caldense Silvio Villegas.

Más adelante se entrevistó con el director de El Espectador, Gabriel Cano, conocido como el “jefecito”. Llevaba como credencial una crónica que deseaba publicar en el suplemento dominical de dicho periódico. Conocido el escrito por don Gabriel, gran descubridor de periodistas (como años después lo sería Guillermo Cano), se le abrieron las puertas de El Espectador.

Tomaba impulso una de las carreras más exitosas en la prensa nacional. En principio, el “jefecito” le pidió que escribiera dos columnas semanales. Días después, conocido su estilo paisa, desabrochado, directo e irreverente, que conquistaba amplia audiencia en el país, el director le solicitó que su Columna Libre pasara a ser diaria. Además, se hicieron célebres los “grandes reportajes dominicales”, así bautizados por Gabriel Cano, en los que Giraldo sobresalía con su pluma ágil, a la vez que combativa y erudita.

Fue esta la época de oro de El Espectador. Se trataba del periódico más leído del país, autor de sonados debates y crítico vehemente de la corrupción pública y de los abusos de la clase dirigente. Uno de los principales protagonistas de este periodismo aguerrido y justiciero, donde los hechos se denunciaban con absoluta precisión y alto profesionalismo, fue Hernando Giraldo, considerado por muchos el mejor periodista de opinión pública. Se le apodaba “El Calibán de los Cano” y su ánimo de lucha y denuncia social corría parejo con el de Klim

Entregó su Columna Libre cuando el periódico cambió de dueño. No pudo aceptar la salida de la familia Cano. El asesinato de Guillermo Cano, su gran amigo y aliado de grandes combates de la época, le produjo honda perturbación. Desde entonces, el columnista estrella de El Espectador se silenció en el panorama nacional. Volvemos a saber de él con motivo de la carta dirigida al director del diario manizaleño.

Cuenta en ella que a pesar de la promesa que hizo de no volver a escribir en El Espectador por las razones aludidas, hace tres meses cambió de parecer. El periodismo que practicaba desde los 13 años lo llamaba de nuevo en el atardecer de su vida. Necesitaba la combustión espiritual del noble oficio. Necesitaba volver a opinar sobre la suerte del país. Y le escribió al director de El Espectador, “diciéndole –según palabras textuales de su carta– que anhelaba volver a mi ‘casa espiritual’ de tantísimos años, al escribir una Columna Libre cada quince días”. Pero no recibió respuesta.

Hoy tiene 83 años y vive en una finca de La Mesa (Cundinamarca). Como hombre de profunda formación humanística, es gran lector. Y abatido ermitaño, como puede inferirse por la carta en referencia. Pocos saben en la actualidad que Hernando Giraldo fue uno de los periodistas más brillantes de aquella época convulsa de la vida colombiana.

El Espectador, Bogotá, 9-IX-2011.
Eje 21, Manizales, 9-IX-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 10-IX-2011.

* * *

Comentarios:

Excelente columna sobre el gran Hernando Giraldo, otrora bastión del «canódromo» (término acunado por el excelso don Alfonso Castillo Gómez, autor de la Coctelera, de la misma época). Extraña que El Espectador, con la dirección de un Cano, no responda a la petición de Hernando. Gustavo Valencia, Armenia.

De vez en cuando interrumpo su soledad en La Mesa llamándolo a su celular y aun cuando sigue de igual mal genio que antes, no ha perdido su espíritu de humor. Es una reliquia viviente del periodismo que ya no se da. Gardeazábal, Tuluá.

Magníficos recuerdos de Hernando Giraldo a través de esta columna, que he leído con entusiasmo. He tenido la oportunidad  de recordar a quien fue mi amigo y conocí cuando trabajaba en La República. La última vez que lo vi fue hace unos 30 años en un restaurante paisa del cual era propietario, muy concurrido, por él y por su ambiente artístico musical. La verdad que era un gran señor paisa y una pluma respetable. Ramiro Lagos, Greensbore (Estados Unidos).

Qué bueno que esta columna sirva para hacer justicia y honrar la vida y trabajo de tantas personas que pasan al olvido y a la desmemoria del país. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Muy triste lo de Hernando Giraldo, y más triste aún que en su antigua casa no le hayan siquiera respondido su carta. La hidalguía de los antiguos jefes y mecenas ya es materia obsoleta. ¡Qué tristeza! Hernando García Mejía, Medellín.

Qué dolor con la actitud de los nuevos directivos de El Espectador hacia el gran periodista  Giraldo, que sirvió con talento, compromiso, dedicación, calidad y cualidad, entre otros muchos valores. Inés Blanco, Bogotá.

Claro que Hernando Giraldo, de grata recordación, fue y muy seguramente sigue siendo un gran periodista. Lo que pasa es que en El Espectador ya no están, por desgracia, ni Fidel, ni Gabriel, ni el mártir del periodismo Guillermo Cano. jaime m arb (correo a El Espectador). 

Como leal lector de El Espectador desde tiempo ha, cuando nos acompañaban el inolvidable Guillermo Cano y hermanos, me gustaría saber la razón por la cual no se le respondió la carta al periodista, y en su defecto las razones por las cuales se omite su colaboración. La edad cronológica no necesariamente coincide con la fisiológica y para el caso el aporte del periodista Giraldo puede ser significativo.  Elanjoc (correo a El Espectador). 

Categories: Periodismo Tags:

Muere un acordeón

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace diez años, en el hotel Radisson de Bogotá, los amigos de Carlos Eduardo Vargas Rubiano le celebramos, al lado de su esposa y su familia, la publicación de su libro autobiográfico Memorias con mi acordeón. En tal ocasión, Carlosé (como firmaba sus artículos en El Tiempo, y así se le nombraba entre sus amigos) entregó el disco titulado Se nota que no sé nota.

Dije entonces en columna publicada en El Espectador: “Es difícil encontrar una simbiosis tan perfecta entre un instrumento musical y su ejecutante. No se sabe, en realidad, si Carlosé es el dueño del acordeón, o el acordeón es el dueño de Carlosé”. Chapete publicó en 1969 una caricatura con el título Boyacá en los mares, donde aparece el personaje, con el agua al tobillo y la canción a flor de labios, navegando por los mares del mundo como jefe de relaciones públicas de la Flota Mercante Grancolombiana, y acompañado de su inseparable acordeón.

Nació con música en el alma. En su Tunja natal, apenas de 15 años, era ya un ferviente admirador de Gardel, cuyos tangos interpretaba al piano. Pasado el tiempo, supe por él mismo que siempre que llegaba a Buenos Aires no podía prescindir de ir a visitarlo en su tumba de La Chacarita. Cuando tiempo después estuve en dicha ciudad, me acordé de aquella adhesión al “zorzal criollo” y fui a dar a La Chacarita, por cierto bajo un torrencial aguacero. Gardel, Agustín Lara y José A. Morales eran sus tres ídolos musicales.

Siendo gobernador de Boyacá, en 1987, me invitó a una correría por el norte del departamento. En Soatá, mi patria chica, entregó una condecoración al colegio de la Presentación, que cumplía un aniversario importante. Realizado el acto, me pidió que estuviera listo para viajar en horas de la noche a Tipacoque, distante 13 kilómetros, luego de atender un compromiso en mi pueblo. Carlosé, amigo entrañable de Eduardo Caballero Calderón, llegaba a la casona histórica como si fuera su propia casa. Al son del acordeón, aquella grata velada musical  se prolongó durante varias horas, como una pausa refrescante del camino.

Fue alcalde de Tunja a los 25 años. Dirigió las relaciones públicas de la Flota Mercante Grancolombiana por cerca de tres décadas. En 1987 ocupó la Gobernación de Boyacá. Enfrentado entonces a la politiquería de su tierra, a cuyas presiones no quiso acceder, prefirió retirarse con dignidad del cargo. Sus propios paisanos no lo dejaban gobernar. Después se le ofreció una nominación como senador, y no aceptó: estaba desencantado de la vida pública.

Como columnista de El Tiempo durante largos años fue el gran promotor de la tierra boyacense. Y fue el mejor relacionista de Boyacá. Su don de gentes y exquisita amabilidad le abrían escenarios en todas partes, que él canalizaba hacia el progreso de su comarca. El patrimonio histórico y la vida cultural de Boyacá eran grandes afanes suyos como dirigente cívico.

Ahora que llega al final de la travesía, a los 91 años de su generosa y bienhechoraexistencia, algo se silencia en el panorama nacional. Algo deja de vibrar en los aires boyacenses. Es su célebre acordeón, sinónimo no solo de alegría y vitalidad, sino de confraternidad y servicio. Puede decirse que a sones de acordeón, como discípulo de Gardel y fiel intérprete de la música colombiana y sobre todo boyacense, Carlosé ejerció a plenitud su liderazgo de la simpatía y el servicio a Boyacá y al país.

El Espectador, Bogotá, 30-VIII-2011.
Eje 21, Manizales, 31-VIII-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 3-IX-2011.

* * *

Comentarios:

Muchos presidentes y ministros decían que Vargas Rubiano era media Flota Mercante; la otra mitad eran las embarcaciones que surcaban los mares poniendo en alto la bandera colombiana. Orlando Cadavid Correa, Medellín.

Por algo fue merecidamente nombrado y reconocido como «El boyacense del año» (finales de la década de los 60) y posteriormente como «El boyacense del siglo» (principios del siglo 21), en amenas reuniones del Grupo Boyacá. Fue un hombre que supo vivir la vida. Capitán de navío (r) Jorge Alberto Páez Escobar, Bogotá.

 

 

Categories: Boyacá, Evocaciones Tags: ,

El encanto de los parques

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Colombia es un país maravilloso por su diversidad y riquezas ecológicas. Existen 56 áreas protegidas (parques, reservas naturales, santuarios de fauna y flora) y un número indeterminado de parques temáticos. Estos últimos, ideados para resaltar la cultura, las costumbres y las joyas autóctonas, son obras de arte que muestran atractivas facetas regionales. Por medio de los parques se descubre el alma de los pueblos, se entienden la historia y las leyendas que forman el acervo cultural y se alimenta la fascinación. Son sitios apropiados para el deleite, el descanso y el conocimiento.

De plácemes está la zona cafetera situada en Caldas, Quindío, Risaralda y el norte del Valle con motivo de la declaratoria que de este territorio hizo la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Zona privilegiada por sus bellos paisajes, sus pintorescas casas campesinas adaptadas como parajes hoteleros, el colorido de sus cosechas y la amabilidad  de sus habitantes. Su geografía es un poema al café. Un canto a la vida. Con estas líneas se hace un recorrido por algunos parques de la región y del país, para apreciar, a través de estas muestras, los portentos que tiene Colombia en su ecología y en sus tesoros artísticos.

En Montenegro se encuentra el Parque Nacional del Café. Allí, desde una torre mirador de 18 metros de altura, se divisa el embrujado panorama quindiano. Y se dispone de una serie de diversiones mecánicas (como la montaña rusa) y de diversos shows para la familia. Un grato paseo se realiza por los senderos ecológicos, las casas campesinas, el cementerio indígena, el tren del café, el teleférico, el jardín de las fábulas… En “El secreto de la naturaleza” surge una sensacional atracción movida por pantallas holográficas que exhiben la flora y la fauna del país. En el “Show del café” se ofrece la historia del grano con la magia de 22 artistas que conducen al espectador por las regiones productoras y le enseñan las bellezas de la tierra colombiana.

En Quimbaya se halla el Parque Nacional de la Cultura Agropecuaria (Panaca), que hace una interacción entre la ciudad y el campo y destaca las labores agropecuarias como nervio de la economía nacional. El visitante descubre aquí un mundo divertido manejado por jinetes acróbatas, carrozas tiradas por hermosos caballos, graciosos trovadores y otras sorpresas admirables. En el parque residen más de 4.500 animales, entre los que merecen destacarse los avestruces (el ave más grande del mundo), 16 razas de gatos de todo el planeta y una selección de simpáticos cerdos. Para las emociones fuertes se cuenta con un cable extenso bautizado con el nombre de Canopea Panaca, que lleva a los visitantes a más de 80 kilómetros por hora en medio del fascinante paisaje quindiano.

En la carretera que une a los municipios de Montenegro y Quimbaya se localiza el Parque Cultural Los Arrieros, de reciente fundación, donde se enaltece uno de los símbolos más auténticos de la raza paisa, el de la arriería. En este recinto se retiene y evoca el pasado a través de escenarios históricos, exposiciones y otras alegorías que reviven las epopeyas de los bravos colonizadores que descuajaron montañas e hicieron surgir poblaciones.

Los amantes de la naturaleza admirarán en el Jardín Botánico del Quindío, situado en Calarcá, una expresión espléndida de la fauna y la flora, en medio de senderos, jardines, árboles centenarios y fuentes cristalinas de agua. Una de las mayores atracciones es el mariposario, construido con una forma gigante de mariposa. Este pedazo de bosque natural es un mensaje para amparar la vida de los insectos y las plantas, fortalecer los suelos, cuidar los árboles y consentir el agua, dones básicos para la existencia humana. Es un jardín edénico convertido en taller de investigación científica que atrae el interés del caminante hacia los dones de la naturaleza y la vida.

A 42 kilómetros de Cali se halla el municipio de El Cerrito, donde se localiza el Museo de la Caña de Azúcar en la hacienda Piedechinche. Lugar especializado en la conservación de los utensilios que tienen que ver con el cultivo y el proceso de la caña de azúcar. Su sede es una típica casa del siglo XVIII rodeada de preciosos jardines. Sitio de enorme belleza ambiental que recoge la historia de la industria azucarera del Valle del Cauca, que tuvo sus primeros trapiches en esta zona.

Sobre la carretera Panamericana, a tres kilómetros de Buga, se llega al Parque Natural El Vínculo, dedicado a la investigación científica, la preservación de la fauna y la flora, la conservación del paisaje y el ecoturismo. Sitio ideal para el contacto con la naturaleza en las 80 hectáreas que lo conforman, que puede recorrerse en animadas caminatas y que está constituido por bosque seco tropical. Allí se protegen especies exóticas que se han ido extinguiendo en otros lugares, como los písamos, las palmas zanconas, los caracolíes, los guásimos, las pavas de monte, las águilas caracoleras o los venados coliblancos.

Si el viajero quiere cambiar de panorama, puede tomar la vía de Manizales y buscar el Parque de Los Nevados, uno de los espectáculos más imponentes que ofrece el mapa de Colombia. Este parque natural está situado en jurisdicción de Caldas, Risaralda, Quindío y Tolima, en 58.300 hectáreas de extensión. Territorio majestuoso de nevados (como el del Ruiz), lagunas, alturas impresionantes que pasan de 5.000 metros sobre el nivel del mar, y fauna diversa, como el tapir y el oso de anteojos.

En fin, son variados los espacios para encontrarnos con este lindo país que, a pesar de los atropellos forestales y de la indiferencia cultural de muchos colombianos, conserva su esencia pastoril y mantiene sus valores, su historia y tradiciones.

Revista Naturaleza y Descanso, Armenia, diciembre de 2011.

Categories: Quindío, Viajes Tags: ,