Año Nuevo en Melgar
Por: Gustavo Páez Escobar
Desde Bogotá, la salida hacia Melgar y Girardot –los sitios más buscados por los bogotanos para disfrutar de sol y descanso durante los puentes y fines de semana– es desastrosa. El tránsito se vuelve desesperante debido a la congestión de vehículos y al mal estado de las vías, y desde luego a la indisciplina de los conductores y la inoperancia de los agentes de circulación. En el recorrido a Soacha se gasta, si bien nos va, alrededor de hora y media, cuando debería emplearse la tercera parte de este tiempo desde el norte de la ciudad. Hacer ágiles y ordenadas las salidas de la ciudad es uno de los mayores retos del alcalde Mockus.
Sólo en Soacha se inicia el viaje por carretera abierta, la que ha merecido todos los cuidados para brindar la comodidad y seguridad que deben poseer las vías nacionales. En general, el estado de éstas es deplorable a lo largo y ancho del país y, sin embargo, se pretende nacer turismo sin contar con uno de los requisitos básicos para explotar renglón tan promisorio, convertido hoy en una vergüenza frente a otras naciones con verdadera conciencia turística.
En fin, estamos en Melgar. Fuimos a pasar en familia los festejos navideños en una quinta aledaña al pueblo, y recibir el nuevo año en las confortables instalaciones del Club Militar. Esta estadía le permitió al periodista, aparte del buscado reposo entre libros y el disfrute de la piscina plácida, tomarle el pulso a la población y percibir desde allí el eco de la vida nacional. Viajar ha de ser, más que el simple deambular por carreteras y parajes, acto reflexivo que nos ponga en contacto con los dones de la naturaleza y nos permita auscultar el alma de los pueblos.
El pintoresco municipio tolimense le debe su importancia al empuje que recibió del general Rojas Pinilla, 40 años atrás. De aquel punto insignificante sobre la vía que lleva a Girardot, Ibagué, Armenia y otros destinos remotos, surgió, en forma sorpresiva, el vigoroso centro turístico de la actualidad que ya tiene visos de ciudad. Y se convirtió en hervidero de gente, hoteles, complejos vacacionales, comercios diversos y múltiples problemas. Sobre todo el elemento medio de la capital, cuyo presupuesto no alcanza para lugares más lejanos y más costosos, encuentra allí, a la mano, su Cartagena simulada.
Como los hospedajes no alcanzan para tanta demanda, a muchos les toca buscar albergue en los parques, en las mesas de café o en plena calle, con el lenitivo de la botella de cerveza o de aguardiente, que ambos líquidos circulan en alegre profusión durante los días de jolgorio. Melgar, plaza asediada por el turismo creciente, no sólo avanza a pasos desmedidos sino que no está preparada para encarar el gigantismo avasallador que trae consigo el progreso.
Debe hacer, antes que sea tarde, el esfuerzo enorme para salirle adelante al futuro. Alguien me decía, frente a los continuos apagones de la electricidad, la recolección deficiente de las basuras y los desmanes alcohólicos en las calles, que el nuevo alcalde debe tener la vocación cívica de Mockus (quien ojalá no nos defraude) para que el pueblo no le caiga encima.
Con todo, justo es reconocer el esfuerzo, y en no pocos casos el esmero de su hotelería, negocios de comidas y demás establecimientos comerciales. Las calles están bien pavimentadas, y las viviendas, bien presentadas. Pero como gobernar es prevenir, acaso este diagnóstico del periodista que pasó en Melgar una grata temporada entre villancicos y los globos de Año Nuevo, tenga buen recibo en la administración municipal que se inicia.
El Espectador, Bogotá, 9-I-1995.