Adiós al maestro
Salpicón
Por: Gustavo Páez Escobar
Vuelto ya ceniza, Eduardo Caballero Calderón hizo el último viaje de Bogotá a Tipacoque por la carretera que tantas veces transitó en vida. Esa carretera, sufrida como las penas eternas, no alcanzó a llegar pavimentada hasta su terruño. Faltan treinta kilómetros desde la salida de Susacón (y ha transcurrido un siglo construyéndola). Por consiguiente, Soatá, mi pueblo, continúa también sepultado en el polvo de la desidia oficial. Levantaron la maquinaria porque se acabó la plata. ¿Sorprenderá esto a alguien? Así caminan en el país las obras públicas: a paso de mula, a ritmo de tortura.
Caballero Calderón pidió que lo enterraran en la capilla de la hacienda. Deseaba volver a la tierra que él inmortalizó con su pluma maestra. Alrededor de treinta libros entran a fecundar el mito que en adelante crecerá con más fuerza desde que su creador, también convertido en tierra, no volverá a salir de su territorio sentimental. A Tipacoque lo rodea la grandeza del paisaje. Hasta en la aridez de los campos, carcomidos por las siembras de tabaco, se encuentra poesía. Los farallones parecen centinelas impenitentes que vigilan el encanto de la naturaleza. Y allí reposará, y vivirá para siempre, el alma del escritor.
A la entrada del pueblo lo esperaban sus paisanos, vestidos de luto y alegría. Son dos conceptos que en este caso no se oponen. Sentían pena por la muerte del patrono, y al mismo tiempo alborozo por rescatarlo de la lejanía bogotana. Hacía dos años no regresaba a sus lares. Desde entonces, a Caballero Calderón se le marchitaba todos los días la ilusión del retorno. Tal vez sabía que no iba a volver con sus piernas maltrechas, sino con el espíritu. La decrepitud del cuerpo, y sobre todo la soledad y el cansancio de vivir, apuraron la hora final.
Sus cenizas, entre cánticos religiosos y aires colombianos, como él lo había pedido, recibieron cristiana sepultura en medio de la multitud de tipacoques que desfiló conmovida ante la urna y depositó los claveles blancos, frutos de la tierra, con que marchaba desde la entrada del pueblo. Entre pañuelos blancos, otro símbolo de aquel acto simple y grandioso, se le tributó el último adiós. Y por los cielos de Tipacoque, transparentes como el alma campesina cantada en sus libros, el maestro –humorístico y cariñoso, como yo lo había visto dos meses atrás– penetró sereno en la inmortalidad.
Tras su muerte, es preciso conservar su casa Santillana en Tibasosa, adquirida por el municipio para un centro de cultura, y que hoy se halla abandonada. Ojalá el doctor Belisario Betancur, presidente de la Fundación Santillana, impulse allí un museo para honrar la memoria del ilustre caballero de las letras. La hacienda de Tipacoque, declarada monumento nacional, y que hoy amenaza ruinas, reclama reparaciones urgentes. Que se apersone de ello el Gobierno Nacional.
El Espectador, Bogotá, 19-IV-1993.