El Chocó merece más
Salpicón
Por: Gustavo Páez Escobar
Un amigo mío chocoano, el abogado Rafael Abadía Gil, siempre me ha reclamado una visita a su comarca nativa. A pesar de que no se me había presentado la ocasión, era como si ya conociera el Chocó por las referencias que sobre él he recibido a través del tiempo.
Abadía Gil es el chocoano más popular en Bogotá. Como somos compañeros de trabajo, solemos recorrer a medio día la carrera Séptima en animadas tertulias, y yo vivo admirado de cómo a cada paso le brotan paisanos que le hablan de los problemas y de las últimas noticias del departamento olvidado. En esos encuentros frecuentes con los chocoanos, escucho y asimilo.
Como mi amigo fue en épocas ya lejanas alto funcionario del gobierno seccional, y siempre ha vivido identificado con su tierra, se ha convertido en lección permanente de chocoanismo. En Bogotá hay muchos habitantes oriundos de esa región que han emigrado en plan de progreso y hoy trabajan como profesionales independientes o están vinculados a alguna empresa oficial.
Otros son estudiantes universitarios, y los menos afortunados vagan en persecución de alguna oportunidad que les permita subsistir en la ciudad monstruo –la Bogotá de las desmesuras– a donde convergen todas las necesidades y todas las frustraciones nacionales.
Al fin estuve en el Chocó. Apenas permanecí un par de días y sin embargo logré una idea bastante real no sólo sobre su ambiente y paisajes, sino sobre sus angustias, que son muchas. Esa impresión de encontrarse uno en plena selva, a pesar de estar situado en Quibdó o en Istmina, ofrece otra dimensión de la patria. Esta es la otra cara de Colombia que la gente no ve. Por eso hay que ir allí a palpar los problemas.
Decir que en el Chocó hay miseria no es descubrir ningún secreto. No es sino recorrer las calles de la capital para encontrar los vestigios del abandono social. Los muchachos que ve uno en la vía pública como testimonios vivientes de la pobreza absoluta, y que llevan en la mirada taciturna la protesta soterrada de quienes no tienen voz en la sociedad, conturban el ánimo.
Quibdó es una ciudad postrada que sin embargo está rodeada de grandes riquezas. Las principales son el oro, el platino, la plata y la madera. Los habitantes no tienen fuentes de empleo. Los pocos cargos provienen de la administración pública, o sea, de la inestabilidad política que en cada cambio de gobernador o de alcalde produce un remezón general en las nóminas oficiales. No hay industrias ni empresas privadas realmente representativas para poner a trabajar a la gente.
El chocoano es un ser explotado por la vida y frustrado por la desesperanza. Lleva su calvario a cuestas y él mismo no entiende su mala suerte. El río Atrato parece que gimiera, en sordos lamentos, siglos de esclavitud. A pesar de que la región posee el mayor número de ríos y quebradas que tenga departamento alguno del país, y de que sus reservas forestales sean maravillosas, hay pobreza.
El nativo confía en que los políticos le alivien sus calamidades, y en vano espera que el próximo gobierno, y el que lo remplazará, y el de más allá, al fin lo redima de tanta adversidad.
En un parque, cerca a la sede del Banco de la República, se levanta un bronce con la efigie de Diego Luis Córdoba, padre del departamento. Y un monumento a la memoria de César Conto, célebre político y poeta chocoano del siglo pasado, hijo dilecto de la ciudad. La gente pasa y mira hacia esos personajes con gratitud y esperanza. Tales símbolos –el oro, el poder y la cultura– deben convertirse en brújulas para conseguir un futuro más promisorio.
El Chocó es otra de las tierras míticas de Colombia. Es un territorio embrujado. Rico y pobre a la vez. Sus paisajes son hermosos, hechizantes. Pero allí el hombre es un ser hundido, desprotegido, donde la patria se halla lejana. El Chocó merece más. Mucho más.
El Espectador, Bogotá, 24-IX-1990.