Las lecciones de doña Bertha
Salpicón
Por: Gustavo Páez Escobar
Doña Bertha, y ya sabemos de quién se trata, acaba de cumplir 80 años y no los revela. Mujer activa en sus labores domésticas, en el cuidado de sus jardines y en el ajetreo político, se le ha olvidado envejecer. Se mueve con nervio y desparpajo en los escenarios de la vida nacional, donde su opinión es original y valiosa. Y cuando necesita morder ciertas epidermis lo hace con la ponzoña de sus tábanos periodísticos.
Doña Bertha Hernández de Ospina Pérez es una institución en el país. Su influencia es indiscutible dentro de su partido, donde actúa como si tuviera categoría de expresidenta de la República, y también es oída con interés entre los liberales, ante quienes demostró su carácter decidido aquel lejano 9 de abril.
Desde entonces adquirió su propia personalidad. Se le vio desempeñarse con coraje en defensa de su marido, el Presidente amenazado por la turba desenfrenada, y también de las instituciones nacionales, que peligraban derrumbarse y postrar a la nación en el caos. Los sucesos abrileños no podrán reconstruirse fielmente sin la presencia de esta mujer de fibra antioqueña y de armas tomar, y se faltaría a la verdad histórica si se desconocieran su valentía y su inteligencia para afrontar la confusión de aquella hora dramática para la democracia.
Su ilustre marido, que parecía a la deriva en mitad del naufragio, sintió fortalecido el ánimo para resistir y combatir gracias a la solidaridad estimulante de su aguerrida compañera. En ese momento nacía un personaje con ribetes de leyenda: Doña Bertha, dama de pelea, pero también de raciocinio. Su perspicacia femenina superó muchos escollos y colaboró en muchas soluciones.
La Doña Bárbara de Rómulo Gallegos personaliza la epopeya de las duras e indómitas tierras venezolanas, con el fondo de la mujer dominadora y seductora, o sea, la ambivalencia del ímpetu y el halago femenino. En Doña Bertha se combinan el valor, la astucia y la generosidad de la mujer colombiana, apta lo mismo para el combate que para el afecto.
Ella no encuentra diferencias entre conservadores y liberales, si bien sigue sus propias ideologías con convicción. «Yo no admiro a las personas por su partido, sino por su talento, por su trabajo y su honradez», precisa. Por el doctor Carlos Lleras Restrepo, a quien considera el colombiano más importante del momento, siente profundo aprecio. Y disiente con frecuencia de los jerarcas de su partido, a quienes instiga para que organicen, sin egoísmos, una colectividad cohesionada. Le gusta hablar claro y esto mortifica a muchos. Sus verdades levantan ampolla, por lo penetrantes y certeras.
Es hoy doña Bertha la amorosa abuela que multiplica su afecto entre sus numerosos descendientes; que madruga a consentir sus orquídeas, dirigir la cocina y atender, como buena ama de casa, múltiples quehaceres; que participa con entusiasmo en la actividad política, y que le queda tiempo para leer y escribir dos veces por semana su punzante columna El Tábano, venenoso insecto que pica donde más duele.
Mujer de diversas facetas y simpática personalidad, dueña de excelente sentido del humor y temible ironía. A nadie le pide permiso para opinar. Expresa sus verdades como las siente. Su carácter franco y desenvuelto se ha ganado el cariño de los colombianos.
El Espectador, Bogotá, 12-V-1987.