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Archivo para domingo, 9 de octubre de 2011

Confesiones de un penalista

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Horacio Gómez Aristizábal ha convertido la abogacía en algo más que el  ejercicio de ga­nar pleitos. A su profesión le ha inyectado sabias directrices para que sea un apostolado, una ban­dera social, más que una actividad productora de rendi­mientos económicos, sin sentido humano. Ha logrado compene­trarse en tal forma con la esencia del hombre, interpretarlo y digni­ficarlo, que su tarea es una parábola de humanismo.

Este destacado profesional, uno de los penalistas más brillantes del país, nos cuenta juveni­les inquietudes y su búsqueda de hechos insólitos, y corrobora con el correr del tiempo que no había nacido para la improductividad y que su mente ansio­sa de aventuras culturales no se ha detenido en pequeñeces sino que la ha capacitado para pensar en grande.

Pocos abogados son al propio tiempo eruditos en las dis­ciplinas profesionales y catadores de la vida. El abogado de altura se limita, por lo general, a ahondar  en los conocimientos jurídicos, adquirir notoriedad y convertir­se en tratadista y hombre respeta­ble en el foro o en la universidad, pero carece de tiempo o de voca­ción para el humanismo. Gómez Aristizábal es filósofo de su oficio, porque ha sabido extraer de sus experiencias un venero de sabiduría.

En su libro Lo humano de la abogacía y la justicia recoge sus propias vivencias y luego de crear los contornos adecuados para plasmar lecciones de contenido, presenta a la justicia como disciplina amena, filantrópica, digna para el que sabe ejercerla, y sobre todo humana; y concibe al abo­gado como el buscador de la equidad, personaje a quien a veces no se comprende, asediado por complejas circuns­tancias y no siempre apto para hallar la chispa de la vida. Con gracia y certeros enfoques, característica refinada del autor, trae a cuento anécdotas, aforis­mos, debilidades y grandezas de la justicia y los abogados, para redondear un tratado que muestra el lado real que no siempre se ve.

El nuevo libro que ha comenza­do a circular, Yo, penalista, me confieso, salido de la Editorial Kelly de Bogotá, es prolongación del mismo tema, esta vez dirigido con mayor escrutinio al mundo íntimo del autor. Este abogado, especialista en la defensa del hombre, primero ha comprendido la vida para después aplicar los códi­gos. Lanza tesis novedosas, explo­ra secretos, propone reformas, critica vicios y tiende, en últimas, por ese humanismo de que antes se habló.

Gómez Aristizábal habla y escribe en lenguaje franco y desenvuelto. Es hábil para el gracejo y la fina ironía. Entiende la abogacía como oficio noble y compromi­so serio con la sociedad, y por eso insiste en los valores esenciales que debe practicar el ejecutor de la justicia. Estas confesiones habrán de ser leídas con provecho y delectación dentro del mundo del derecho y por el país culto que sigue con interés la tra­yectoria de esta mente inquieta y razonadora.

La Patria, Manizales, 8-V-1980.

 

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Salambó o la guerra

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Gustavo Flaubert, novelista de imaginación portentosa, muerto hace cien años, el 8 de mayo de 1880, no escribió sólo para su tiempo, en el que sus­citó ardorosas polémicas, sino que creó una obra de proyección imperecedera. Salambó, escrita a con­tinuación de Madame Bovary, es el arquetipo de la novela histórica. En la primera describe con gran realismo la tragedia del hombre, tomando como pre­texto los arrebatos y la sensualidad de una amante impetuosa, y en la segunda, con fondo violento, pinta el drama de la guerra. Puede pensarse que Salambó, una especie de diosa humana incrustada en la historia de Cartago, es la metamorfosis de Emma Bovary, la heroína de una miserable aldea francesa.

Salambó será la mejor referencia de Cartago la guerrera, una de las capitales más famosas del mun­do antiguo, que buscó ser dueña del planeta, al igual que Roma, su enemiga indomable. Cartago, dueña del mar y cuna de fieros combatientes, para defender su territorio y atacar al enemigo adiestró temibles ejércitos y armó poderosas flotas marítimas; tenía que ser grande, aun destruida, porque nació para ser colosal.

Amílcar Barca, amo violento y forjado pa­ra la guerra, que nunca retrocedía, de no ser para volver a embestir, es la personificación del valor, de la furia humana. Muerto él, aparece su hijo Aníbal, otro bravo de la historia, con vocación de héroe, que sólo nueve años había jurado ante los altares de su patria que nunca dejaría de odiar a Roma.

Las guerras púnicas

Aníbal es el hombre prudente y valeroso, sagaz y calculador. Se trata del mayor estratega del mundo en todos los tiempos. Con sólo 25 años de edad se pone al frente de los suyos y se lanza a las gue­rras del horror y la esclavitud, las famosas guerras púnicas, de nunca acabar, como que la primera du­raría 23 años.

Es el genio militar por excelencia, a quien nadie había superado. Cartago, amurallada e inexpugnable, con 700.000 habitantes que vivían en función de guerrear, desafía el ímpetu del enemigo y se sostiene como capitana del mar, altiva y des­deñosa. Si al fin cae dominada tras largas sangrías de parte y parte, también termina con ella el imperio y nace la leyenda. Y Aníbal, que no había nacido para ser dominado, apura el veneno que portaba co­mo solución de última hora.

Sobre las ruinas de Cartago escribió Flaubert su novela monumental. Y esto no es sólo una figura. Primero se entregó a vastas y minuciosas investigaciones, se metió entre archivos confusos y contra­dictorios, y luego se fue, como investigador inconforme, a los propios escombros, todavía humeantes, a oler la historia misma. Consultó tratadistas, pulsó la historia, escudriñó el paisaje y la época, y sólo des­pués de muchos años y de profundas meditaciones puso sobre el papel la primera palabra de su obra gi­gante, cuando estaba seguro de poder ambientar aquel formidable drama humano.

¿Mujer o diosa?

Cartago se volvió una obsesión para Flaubert. Su pluma logró plasmar los hechos no tanto como el arqueólogo que destapa piedra por piedra en busca de vestigios humanos, sino como el artista consuma­do que llega más lejos al poder fabricar un ambiente. Entendidos los contornos de aquel cuadro fabuloso, el novelista se imagina la intensidad del momento histórico y crea a Salambó como la protagonista su­blime que estimula apetitos y desencadena batallas

No se sabe si es mujer o es diosa, y acaso esa misma mitología contribuye a suponer a Cartago como un eco fantástico, por más turbulencia que haya caído en sus entrañas. En célebre polémica sostenida con Sainte-Beuve, le dice Flaubert: «Creo realmente ha­ber hecho algo que se parece a lo que debió ser Cartago». Es más: no se podrá comprender hoy la his­toria de Cartago sin leer Salambó. Tampoco se entenderá la revolución rusa sin leer a sus novelistas, ni se captará la historia de Francia sin las novelas de la época.

Salambó es un cuadro histórico, más que la historia misma. Es el nombre de una ba­talla, de muchas batallas. Cuando se quiera saber quiénes eran los bárbaros, y qué significaban los ejércitos mercenarios, y por qué los pueblos anti­guos eran aguerridos, con su fondo de torturas, de niños sacrificados, de esclavos pisoteados, de muje­res ultrajadas, será preciso leer Salambó.

El autor, que al propio tiempo es paisajista y sicólogo, historiador y poeta, y esencialmente artista, recoge las costumbres, las creencias religiosas, el respeto a los dioses y la exageración de los mitos, o sea, el alma del pueblo, para novelarnos la época. Con gran precisión señala a cada cosa por su nombre, en tarea de envidiable penetración. Las armas, los arreos militares, los usos y estilos, todo tiene ma­ravillosa identidad.

Pintura de la época

Y por encima de todo está la época. Ejércitos te­mibles que vuelan por las montañas, arremeten en las encrucijadas y derrotan al enemigo; maniobras navales que hacen encrespar los mares; camellos amaestrados que rompen distancias y aplastan al ad­versario: he ahí la fiereza del hombre cuando se vuelve huracanado. Los dioses empujaban a la gue­rra y ésta se convertía en un grito de la sangre. Las ciudades se levantaban sobre hitos de grandeza. Los hombres, templados en el valor, ofrendaban a sus dioses con el sacrificio de sus arterias.

Salambó, la hija de Amílcar, surge sobre este panorama como la impoluta deidad a la que se respe­ta y se ama, se teme y se desea. Es la diosa de carnes voluptuosas, de grandes ojos tranquilos, de ape­tencias ocultas, que acaso por su misma sublime ca­tegoría vive alejada de los placeres, entre perfumes y gasas relajantes, y cuya existencia discurre en medio de abstinencias, ayunos y purificaciones, como la vir­gen asombrosa a quien el pueblo quiere incontami­nada. Pero ella siente sus soledades, sin conseguir dominar los ímpetus de la carne, cada vez más in­tranquilos. Apenas la cuidan y la miman la esclava solícita y la serpiente sensual, pitón inofensivo que le transmite voluptuosidad.

Epopeya del amor

El velo que el bárbaro Matho, su enamorado, ro­ba a la diosa Rabbet ante los ojos atónitos de Salam­bó, agitará la vida de la ciudad porque los dioses no pueden ser despojados de sus sagradas vestiduras. Ese velo, emblema de la fe del pueblo adorador de sus ídolos, será su castigo si no aparece. El propio Amílcar lanza sobre su hija una maldición, y ella, que no ignora las astucias de la mujer, termina rescatán­dolo, pero al costo de su virginidad. Entrega colérica, clamorosa como la voz misma del pueblo que no se resigna a la desprotección de los dioses.

Salambó es una batalla, y no sólo de ejércitos, sino también de la conciencia. Esta mujer fulguran­te, otra madame Bovary transplantada a escena­rio distinto, se alza sobre la historia de Cartago y de la humanidad entera como faro luminoso. Ama y odia, como las grandes heroínas. Así sufre. A su vista se despedaza el pueblo y en sus oídos retumba el clamor de la guerra. Ella lleva en su pecho otro eco, el de la venganza, que no logra consumar hasta la saciedad que la enardecía, porque el amor es más potente. El amor puede ser un solo instante, una mirada o un pensamiento, como lo consagra esta obra cumbre que termina escribiéndole a la historia, en el rescoldo de las pasiones bélicas, un intenso dra­ma del alma. Es la epopeya del amor, que se hace más grande sobre el conflicto de la guerra.

La Patria, Revista Dominical, Manizales, 11-V-1980.
Revista Mefisto, N° 78, Pereira, marzo/2015.

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Periodismo social

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La figura de Germán Castro Caycedo resultaba atractiva para el M-19 como intermediario del mensaje dirigido a las autoridades y al pueblo colombiano. En su elección se tuvieron en cuenta la trayectoria del periodista audaz, su vocación humanitaria, su prestigio profesional y el impacto que habría de significar su secuestro, de solo 36 horas. Si en el periodismo social que él ejerce con brillo, con valentía y sin tapujos, viene denunciando las injusticias y los atropellos que ocurren en el país, por ese medio se oiría, mejor que por otros canales, el comu­nicado del movimiento revolucionario.

Germán Castro Caycedo es el periodista de la denuncia social, el de la constancia histórica. Su libro Colombia amarga, donde re­coge varios reportajes sobre las angustias de la gente, no en vano fue laureado con los premios Mergenthaler, de categoría internacional, y Nacional de Perio­dismo.

Es cronista castizo, recur­sivo, claro en los planteamientos y dueño de natural disposición para convencer y aleccionar, con desenvoltura y ameno estilo. Dentro de su labor de reportero ha logrado penetrar al grueso público, que lo lee y lo escucha con respeto, y le cree.

Los grupos poderosos, los integran­tes de mafias y monopolios, que tam­bién lo leen y lo escuchan, con temor y ojeriza, han visto en él al enemigo para desenmas­cararlos y denunciar las corruptelas del capital mal administrado, que apabulla la existencia de los humildes y los oprimidos. Con ojo crítico ha recorrido los altos y los bajos escena­rios del país y no le han temblado ni la voz ni la mente para pregonar a los cuatro vientos que Colombia es una nación amarga, dividida por hondas distancias económicas; generosa con los ricos y despótica con los pobres –los nueve millones que carecen de los bienes más indispensables–; triturada por los explotadores de la hacienda pública y dura para encontrar fórmulas justas que hagan digna la vida. ¿Para qué tanto alboroto sobre nuestra dudosa de­mocracia, piensan muchos, cuando el estómago no da tregua?

Se ha especializado en los temas sociales. Entiende las necesidades y tristezas de la gente, las expone con vigor periodístico, con angustia, y no desfallece en sus derroteros de desnudar la verdad na­cional como camino para hallar la liberación del hombre. Es un perio­dista que vive cerca al pueblo, que comparte sus dolores y entiende sus melancolías.

El M-19, grupo inconforme que también persigue la redención del pueblo, según lo proclama, y que dentro de sus planes acomete el acto osado de tomarse una embajada para llamar la atención del país y el mundo, demuestra que es capaz de mucho, cuando mantiene en suspenso la vida nacional. Critica, a la vez, desequilibrios y arbitrariedades, y su causa se hace sentir. El mo­vimiento extremista, parapetado en sus pregones sociales, una manera de decir que también cuenta con opinión pública, tiene en jaque al Gobierno y ha puesto a pensar a muchos.

La acción de los guerrilleros, condenada desde diferentes ángulos, y sobre todo desde el Gobierno, pero con simpatías en otros, despierta la conciencia de quienes saben que Colombia es amarga.

Se encuentran dos voceros de igual inconformidad. Los secues­tradores sueltan al periodista, provisto de abundante material, después de haber sostenido con él fructíferas conversaciones, en las puertas de El Espectador. Sean cuales fueren las reales intenciones del M-19, ha conseguido sintonía para lanzar sus tesis. Y echa mano de este periodista experto en promover inquietudes sociales y muy identificado por sus campañas en fa­vor de la comunidad, para hacerse escuchar mejor.

El periodismo de ideas, que acaudilla con coraje y altura El Espectador, y prac­tica con  prestancia y arrojo Germán Castro Caycedo, le hace bien al país y servirá para controlar los abusos y dignificar al hombre.

El Espectador, Bogotá, 29-IV-1980.

 

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Nicolás Arcila Giraldo

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando la muerte tocó en su mo­rada, él la recibió con serenidad. Se encaprichó con él al llegarle en el pleno vigor de una vida que prometía mucho más, y su formación de hombre consciente y templado para la adversidad le hizo enfrentar el duro trance con el valor que robustece las energías del espíritu. Cabe en su caso la sentencia de Santaya: “Para un hombre que ha cumplido sus deberes naturales, la muerte es tan natural y bienvenida como el sueño”.

Varón justo, cuya vida fue una parábola de dignidad y distin­ción y una síntesis de acendrados principios, realizó el tránsito terrenal con la mira en alto, ajeno a las bajas pa­siones y ennoblecido con la fortuna del corazón generoso. Aprendió a sublimar la existencia practi­cando las lecciones del hijo y el hermano modelo, del esposo y el padre amantísimo, del recto magistrado, del ciudadano ejem­plar.

El Quindío, al que sirvió con ho­nestidad y brillo, puede sentir­se orgulloso al haber contado con su colaboración espléndida y haber tenido en él al funcio­nario capaz y de invulnerable rectitud. En todas las posiciones por donde pasó, dejó muestras del desempeño cabal y sobre­saliente. Para él importaba, ante ­todo, el cumplimiento del deber, y no podía ser de otra manera si sabía que el hombre debe ser íntegro para que sea meritorio.

No toda la gente se da cuenta de las disciplinas ajenas. Es posible que muchos ignoren, inclusive sus antiguos colegas de magistratura, que era lector voraz, y no solo de tratados de derecho, sino de li­teratura clásica de todos los tiem­pos. Con esa humanización del espíritu no es de extrañar que se tratara del hombre sensible a las expresiones estéticas de la vida.

Se destacó en diferentes posi­ciones, como la personería y la alcaldía de Armenia, primer secre­tario de Gobierno del naciente departamento del Quindío, luego Gobernador encargado; en la rama judicial recorrió distintas escalas, hasta magistrado, y dio ejemplo de eficiencia y decoro. No supo de intrigas ni desdobles de la personali­dad para avanzar en su carrera, y por eso, cuando se le presentó algún contratiempo, lo superó con elegancia y recatada conducta.

Habrá que recordar a Nicolás Arcila Giraldo, el amigo y el con­fidente, como arquetipo huma­no que pocas veces se repite, sobre todo cuando hoy los valo­res vienen en decadencia. En su hogar inyectó sabias lecciones que perdurarán, porque la buena simiente es fértil. Con Ma­ría Elena, la afligida esposa, y sus desconcertados hijos Elena Ma­ría, Adriana Patricia y Nicolás Felipe hemos tributado, en el pri­mer aniversario de su muerte, sentido homenaje a su memo­ria.

La Patria, Manizales, 4-VI-1980.

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Madame Bovary soy yo: Flaubert

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El 8 de mayo de 1880 muere, en su retiro de Croisset, Gustavo Flaubert, cuya fama literaria, cien años después, se conserva intacta y sigue siendo ob­jeto, como en sus mejores días, de admiración y cui­dadoso análisis. Tenía 58 años de edad y mucho se esperaba aún de él, a pesar de haber logrado un éxito rotundo. Su obra, la menos extensa de los grandes novelistas franceses del siglo XIX, es de las más ricas en fecundidad espiritual, en contenido humano, en brillo literario, en técnica idiomática.

Trabajaba en una novela como el tallador de finas maderas o de piedras preciosas que sabe engarzar, con certeros golpes maestros, la pieza precisa que va estructurando el conjunto. Es posible que se tomara una semana para concluir una página, pues su espíritu exigente no toleraba la ligereza ni la mediocridad y le impo­nía, por el contrario, rigurosas disciplinas hasta lle­gar a la perfección del lenguaje. Huía del pensa­miento vago lo mismo que de la palabra imprecisa, y por eso, tras duras reflexiones habría de encontrar los términos adecuados para que la frase no sólo que­dara clara sino que también poseyera emoción y rit­mo.

De frase en frase así cinceladas avanzaba con paso firme, despreocupado por las carreras pero con afán de descubrir la belleza. La búsqueda del adjetivo, de la palabra justa, de la frase armoniosa, se con­vertía en angustioso ejercicio mental que lo conducía a explorar los veneros inagotables de la inteligencia.

Maestro de la perfección

Como para él no existían los sinónimos idénti­cos, a cada palabra le buscaba su propio peso, su exacta densidad. Si tal fuera la norma general del escritor, sobre todo en estos tiempos superficiales, qué diferente compromiso sería el de la literatura. Hoy, en lugar de trabajar la obra con ahínco, y co­rregirla y depurarla, el escritor es dado a chapucear, a producir basura literaria, sin miramiento por el pú­blico al que va a torturar, pero ni siquiera por él mis­mo, que no cuida su prestigio; o acrecienta su des­prestigio con tanta necedad que por ahí pone a circu­lar.

No es de extrañar, entonces, que este maestro de la perfección gastara años en cada una de sus obras. Madame Bovary la escribió en seis años; Salambó, en cuatro; La educación sentimental, en siete; La tentación de San Antonio, en treinta. No hay niungún libro suyo que no sea ejemplar y que no haya suscitado, lo mismo en su tiempo que en las si­guientes generaciones, los más ponderados concep­tos. Ampliada la lista anterior con dos títulos más y con su célebre Correspondencia, clásica en la lite­ratura epistolar, queda claro que no fue escritor prolífico como sus contemporáneos Balzac, Víctor Hugo o Zola, y el mismo Stendhal, cuya correspon­dencia constituye todo un monumento lite­rario. Los libros de Flaubert no son muchos, pero to­dos son joyas de la literatura.

La novela realista

En la primera mitad del siglo XIX predomina la novela realista, una reacción contra el romanticismo, y de ella es precursor Gustavo Flaubert. Madame Bovary es la obra realista por excelencia, que se impone como realización imperecedera de este género que pronto encuentra destacados expositores y entu­siastas adeptos. Flaubert, que procede de la escuela romántica, funda el realismo o naturalismo y se con­sagra como abanderado de una tendencia que desde entonces se vuelve dogma en el mundo de las letras. El realismo pinta la vida con objetividad, dándole realce a la condición humana. Esto no se opone a que los personajes sean románticos, pero de carne y hueso.

Madame Bovary, la máxima producción no sólo del autor sino de este género, es una novela de costumbres, a la par que sicológica, lírica y densa­mente humana, y en la que además existe el experto dominio de la ironía, la sátira, el drama y la comici­dad. Ambientes todos manejados con gran estilo, o sea, por la pluma docta del literato refinado y el agudo observador de la humanidad que se da el lujo de alejarse del mundo y recogerse en Croisset –convertido hoy en museo a su memoria–, en los alrededo­res de Rouen, para entregarse por completo a la lite­ratura. Contó con medios generosos de fortuna que le permitieron sustraerse a las miserias comunes del escritor, para vivir un clima espiritual de intensas lecturas y permanente creación artística.

Se margina del mundo

Parecía un vikingo por su complexión atlética. Era, sin embargo, de salud precaria, nervioso, tími­do y sensitivo. No le gustaba la gente en general, quizá por haberla conocido a fondo, para luego de­sengañarse. Aislado en su refugio, miraba el mundo de lejos, pero lo entendía y sobre todo sabía interpre­tarlo. Sus personajes son auténticos, producto de sus largas meditaciones e implacables escrutinios. Pudiera decirse que se marginó de la sociedad para verla mejor. No era huraño y, al revés, poseía un co­razón efusivo que dispensaba con generosidad a los suyos y a unos cuantos amigos entrañables.

Vivía, en síntesis, en completa armonía interior. Mantuvo interesante correspondencia con Jorge Sand, célebre autora sentimental y protagonista de impe­tuosos amores –también lo fue madame–, cartas que luego fueron recuperadas como patrimonio lite­rario. Turgueniev lo conoció en 1866 y le profesó cálido afecto.

En este marco de compenetración y estudio pro­dujo sus mejores obras. Nació aquí Madame Bova­ry, novela monumental movida por hondas pasio­nes, trabajada con paciencia benedictina, casi con desespero, y finalmente lograda como testimonio in­conmovible de la mejor literatura mundial. Solo una mente tan escrutadora y penetrante como la de Flaubert sería capaz de crear personajes de tal firmeza si­cológica como los que comparten la mezquina aldea francesa por él escogida como teatro de múltiples y borrascosos episodios.

Aquella provincia de su patria, tan pegada a su sensibilidad, es el mismo círculo estrecho existente en todas las latitudes de la tierra, donde el hombre se consume entre pasiones, se asfixia entre angustias y no consigue liberarse de sus miserias. La pintura que hace el autor de los ásperos contornos al­deanos, donde sus moradores discurren entre mono­tonías incurables y mezquindades que oscurecen la vida, es perfecta.

La vorágine mundana

Flaubert toma del montón a cada uno de sus per­sonajes, los moldea, les imprime carácter y, luego de ponerles alma inequívoca, con sus atributos y flaquezas, los suelta a sus propios instintos. Estas páginas magistrales describen la tragedia humana, con imaginación portentosa. El hombre sufre su frustración, se mueve con ahogos, a veces ríe, y bus­ca amor para poder subsistir. El alma que tiende hacia la altura, no siempre logra le­vantar el vuelo, y así, deforme y sangrante, se desga­rra entre asperezas.

Está aquí representada la comedia del hombre. No necesitó el autor los 97 libros de Balzac para dibu­jar con realismo los conflictos de la humanidad. Lo hizo en una sola novela, y con ella ganó la gloria. Si no hubiera escrito más, también habría conseguido la inmortalidad. Qué difícil arte el de plasmar la vida valiéndose apenas de un puñado de protagonistas.

Desfilan el marido incapaz de darle satisfacción a su mujer, este médico de provincia, inane e idiota, que sólo llega a sentir celos cuando ya ha culminado el drama; el boticario anticlerical y alborotador, con pretensiones de filósofo, que es el molde del político pueblerino; el cura acosador, a quien se le teme pero no siempre se le oye; el amor discreto del tímido enamorado que no se atreve a arrebatar la mujer de su prójimo y que sólo años después, en las vueltas del camino, termina poseyéndola; el seductor refina­do, experto en los entresijos del amor, que explota la traición conyugal. Y no puede faltar el prestamista voraz, inevitable en la vorágine mundana; ni la criada observadora, confidente a la fuerza, llamada Feli­cidad acaso por su misma simpleza; ni el ciego que conturba el sentimiento, y tampoco el cojo que casti­ga la conciencia.

En el centro de esta urdimbre está la dama ful­gurante que no se conforma con la vida ordinaria y que, dueña de impetuoso corazón, no habrá de importarle la infidelidad con tal de ser feliz. ¿Lo es? Emma, la adúltera ideal, que gusta del lujo y no des­precia los halagos, redime sus aturdimientos, apatías y cansancios a espaldas del marido insípido. Aunque siente miedo y temores, se expone a todo para cal­mar sus apetitos.

Un día, cuando el mundo se le cie­rra al esconderse sus amantes y clavarle el último aguijonazo el también insaciable especulador, echa mano del arsénico y consume su belleza de un tajo, con la decisión de las amantes nacidas para no dete­nerse. Es ya al final cuando el marido siente celos, como si éstos valieran la pena. Y para impedirle nue­vos deslices, encierra el ataúd entre dos cajas más, para que no se escape la adúltera, por si acaso le han quedado deseos para otras aventuras. Le encima un corte de terciopelo para que disfrute del lujo que él no le dispensó en vida.

Flaubert sabe penetrar a las profundidades del alma al crear su personaje inmortal. No mueren, ni ella ni él, como lo corrobora el tiempo. “Madame Bovary soy yo”, exclamó en famosa respuesta. Y no estaba equivocado.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 11-V-1980.
Revista Nivel, Ciudad de Méjico, diciembre de 1986.

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